El mecate de yute: materia, memoria, trabajo y territorio en la historia del arte
Aclaración terminológica indispensable
Antes de estudiar el mecate de yute es necesario separar dos conceptos que suelen confundirse.
Mecate no designa una fibra botánica específica. Es una palabra procedente del náhuatl mecatl, documentada con los significados de cuerda, cordel o soga. Entre los pueblos nahuas también podía relacionarse con sistemas de medición de terrenos y caminos. Por tanto, un mecate puede fabricarse con distintas materias vegetales, animales o sintéticas.
Yute, en cambio, es el nombre de una fibra vegetal obtenida principalmente de los tallos de dos especies cultivadas del género Corchorus: Corchorus capsularis, conocida como yute blanco, y Corchorus olitorius, llamada yute tossa u oscuro. Es una fibra liberiana o de líber: se encuentra en los tejidos interiores de la corteza del tallo, no en las hojas.
En consecuencia, mecate de yute significa cuerda elaborada con fibras de yute. No debe confundirse con el mecate tradicional de maguey, henequén, sisal, cabuya, fique, palma o yuca.
Esta distinción es fundamental para una investigación artística rigurosa: la palabra mecate posee una genealogía lingüística mesoamericana, mientras que el yute comercial posee una historia botánica y productiva vinculada principalmente con África y Asia. La expresión une dos historias culturales distintas, pero no demuestra que los pueblos nahuas prehispánicos utilizaran yute.
De la planta a la cuerda
El yute pertenece al género tropical Corchorus. Durante mucho tiempo se afirmó que el yute blanco se había originado en la región indo-birmana y que el yute oscuro procedía de África. Los estudios genéticos han vuelto más compleja esa explicación. Una investigación basada en marcadores nucleares y cloroplásticos concluyó que C. olitorius probablemente tuvo su origen en África ecuatorial oriental, aunque habría sido domesticado en India. El mismo estudio no pudo confirmar el supuesto origen indo-birmano de C. capsularis y planteó la posibilidad de un origen africano seguido de domesticación en Asia.
Esto obliga a hablar de una historia de movilidad botánica, domesticación y conocimiento agrícola, en lugar de atribuirle al yute un único lugar de nacimiento completamente resuelto. La mayor diversidad silvestre del género se encuentra en África, pero el subcontinente indio y, especialmente, las regiones húmedas de Bengala se convirtieron en centros decisivos para el cultivo, perfeccionamiento y transformación de sus fibras.
Las plantas crecen como tallos altos y relativamente rectos. Después de la cosecha se someten al enriado o retting: un proceso microbiológico mediante el cual el agua y los microorganismos descomponen las sustancias —principalmente pectinas y hemicelulosas— que mantienen las fibras adheridas al tejido leñoso. Posteriormente, las fibras se desprenden, lavan, secan, clasifican, hilan y tuercen hasta convertirse en cordeles, mecates, tejidos o sacos. Un enriado insuficiente deja residuos gomosos; uno excesivo puede degradar la celulosa y disminuir la resistencia de la fibra.
La cuerda terminada conserva señales de ese proceso. Su color irregular, aspereza, olor vegetal, torsión, vellosidad y pequeñas diferencias de grosor no son defectos necesariamente: son evidencias de una materia que fue tallo, corteza, agua, fermentación, secado y trabajo manual o industrial.
Usos antiguos y tradicionales del yute
No existe una fecha comprobada para el comienzo de la utilización del yute. La bibliografía especializada reconoce que se desconoce cuándo las poblaciones del sur de Asia comenzaron a transformar las plantas de Corchorus en cuerdas y telas. Sin embargo, se han identificado referencias a sacos de yute en textos regionales desde 1575 y menciones comerciales en obras poéticas bengalíes de los siglos XVI y XVII. En 1743, el naturalista Georg Eberhard Rumphius describió el cultivo de C. capsularis en Bengala, Arakan y el sur de China, y destacó la resistencia de sus hilos.
Antes de convertirse en una materia industrial global, el yute formaba parte de economías agrícolas y domésticas. Sus fibras se utilizaron para:
- Cuerdas y cordeles.
- Sacos y embalajes.
- Esteras y tejidos rústicos.
- Redes.
- Alfombras y cubiertas.
- Ataduras agrícolas.
- Contenedores para almacenar o transportar productos.
Su importancia no surgía únicamente de la resistencia. También era una materia disponible, flexible, reparable y biodegradable, que podía integrarse en las actividades cotidianas de cultivo, almacenamiento y transporte.
La cuerda es uno de los objetos tecnológicos más elementales y, al mismo tiempo, más transformadores de la historia humana. Permite unir, cargar, arrastrar, suspender, medir, construir, pescar, navegar, delimitar y proteger. Antes de ser un material escultórico, el mecate fue una prolongación de la mano y de la fuerza colectiva.
Del cultivo bengalí a la mercancía imperial
Durante el siglo XIX, el yute pasó de ser una materia regional a convertirse en una mercancía fundamental del capitalismo industrial. La ciudad escocesa de Dundee se transformó en uno de los mayores centros mundiales de hilado y tejido de yute. Su desarrollo se apoyó en conocimientos, maquinaria e infraestructuras previamente vinculados con el lino, así como en la importación de fibra procedente del subcontinente indio.
La historia de la cuerda de yute no puede separarse, por tanto, del colonialismo británico. La materia era cultivada en territorios asiáticos sometidos al poder imperial, transportada a Europa, transformada industrialmente y distribuida en mercados internacionales. Los sacos, lienzos, cuerdas y embalajes de yute acompañaron la circulación mundial de alimentos, carbón, minerales y productos agrícolas.
Posteriormente, la industria establecida en India comenzó a superar a Dundee. A comienzos del siglo XX, las fábricas indias ya habían desplazado a la producción escocesa en varios mercados, favorecidas por su proximidad a las zonas de cultivo, los menores costos laborales y la expansión de complejos industriales alrededor de Calcuta.
Este desarrollo tuvo profundas consecuencias sociales. Los estudios históricos sobre las fábricas bengalíes muestran que la producción industrial estuvo organizada mediante controles estrictos de contratación, horarios, desplazamiento de trabajadores y productividad. Las comunidades laborales respondieron con redes familiares, protestas, huelgas y otras formas de resistencia.
El mecate de yute puede leerse así como un archivo material del comercio colonial. Su aparente modestia contiene relaciones entre agricultura y fábrica, campo y ciudad, Asia y Europa, mano de obra y acumulación de capital.
En una obra de arte contemporánea, esta historia permite que la cuerda deje de ser solamente una línea o una textura. Puede convertirse en testimonio de quién cultiva, quién transforma, quién transporta, quién se beneficia y quién permanece invisible dentro de la cadena productiva.
Los pueblos indígenas americanos y la historia de la cuerda
La relación de los pueblos indígenas de América con las fibras y el cordaje es mucho más antigua que la llegada del yute comercial. Sin embargo, se desarrolló principalmente mediante plantas locales.
En la cueva de Guitarrero, en Perú, se recuperaron fragmentos de cordelería y textiles posiblemente fechados entre el noveno y el sexto milenio antes de nuestra era. El estudio de estos materiales muestra la gran antigüedad de técnicas como el torcido y el entrelazado en América del Sur.
En el suroeste de Norteamérica y en Mesoamérica, diversos pueblos utilizaron fibras de:
- Agave o maguey.
- Yuca.
- Nolina.
- Sotol.
- Palmas.
- Algodón.
- Otras plantas regionales.
Las hojas divididas podían emplearse directamente para fabricar sandalias, esteras y cestería. Las fibras extraídas se hilaban y torcían para producir cuerdas destinadas a redes, amarres, instrumentos, vestimentas y objetos de transporte.
El registro del National Museum of the American Indian conserva, por ejemplo, cordelería Yoreme o Mayo confeccionada con maguey; redes Kumeyaay anudadas con fibra de agave; instrumentos musicales Cora con cuerdas de maguey y herramientas otomíes destinadas al hilado de estas fibras.
La investigación arqueológica también demuestra la relevancia de los textiles en las culturas mesoamericanas del período Formativo. Aunque las condiciones climáticas han impedido la conservación de numerosos materiales orgánicos, existen fragmentos de cordelería, restos de esteras y representaciones de fibras y tejidos en la escultura olmeca.
El maguey tuvo una importancia particularmente amplia en el altiplano mesoamericano. Además de servir para elaborar bebidas y alimentos, sus fibras se procesaban, hilaban y convertían en múltiples utensilios. El estudio arqueológico y etnográfico de Jeffrey y Mary Parsons documenta la integración del maguey en la adaptación cultural y económica de estas comunidades durante milenios.
Lo que no debe afirmarse
En las fuentes académicas y arqueológicas consultadas no aparece evidencia convincente de que los pueblos precolombinos de América emplearan Corchorus capsularis o Corchorus olitorius para fabricar sus mecates.
Por ello, no sería correcto describir el yute como una fibra ancestral nahua, maya, inca o indígena americana. La conexión histórica verificable se encuentra en la tecnología de la cuerda, el acto de torcer fibras y la palabra mecate, no en la identidad botánica del yute.
Esta diferencia no debilita una investigación artística. Al contrario, la vuelve más interesante y precisa.
“Mecate de yute” como encuentro de dos genealogías
Desde una lectura curatorial, la expresión mecate de yute contiene una intersección cultural:
- Mecate remite lingüísticamente al náhuatl y a las tecnologías americanas de cuerda, medición, carga y construcción.
- Yute remite botánicamente a África y Asia, al paisaje agrícola de Bengala, a la industrialización de Dundee y a las rutas coloniales del comercio global.
- El objeto contemporáneo reúne ambas genealogías dentro del español americano y del mercado internacional de materiales.
Esta lectura debe presentarse como una interpretación artística contemporánea, no como prueba de una continuidad histórica directa.
La cuerda puede convertirse así en una metáfora de desplazamiento: una planta viaja entre continentes, una palabra sobrevive a la colonización, un producto industrial llega a una tienda contemporánea y un artista vuelve a transformarlo mediante el cuerpo y la mano.
El yute dentro de la historia del arte
De material utilitario a medio artístico
Las fibras textiles ocuparon durante siglos una posición subordinada dentro de las jerarquías occidentales del arte. Se asociaban con el trabajo doméstico, la artesanía, lo decorativo, lo femenino o lo funcional, mientras que la pintura y la escultura eran consideradas disciplinas superiores.
Durante las décadas de 1960 y 1970, el movimiento internacional del Fiber Art cuestionó esas divisiones. Los artistas comenzaron a liberar los textiles del muro y del telar convencional, produciendo formas suspendidas, ambientes penetrables y esculturas monumentales. La investigación de Elissa Auther demuestra que este proceso estuvo marcado por disputas institucionales acerca de la separación entre arte y artesanía, así como por jerarquías culturales y de género.
La fibra permitía trabajar con gravedad, flexibilidad, tensión, acumulación, repetición y tactilidad. A diferencia de la piedra o el metal, podía doblarse, anudarse, enrollarse, colgarse y adaptarse a la arquitectura o al movimiento del cuerpo. El llamado arte de fibras compartió varias preocupaciones con la escultura posminimalista, aunque durante mucho tiempo recibió menor atención de la historia del arte.
Anni Albers y la inteligencia material
Anni Albers incorporó el yute en numerosos estudios textiles, combinándolo con algodón, lino, rayón, celofán, crin y láminas metálicas. Sus muestras conservadas por el Metropolitan Museum of Art y el Museum of Modern Art demuestran que el yute podía actuar como estructura, textura, contraste y soporte experimental, no solamente como materia para sacos.
En estos trabajos, la supuesta rusticidad del yute dialoga con materiales industriales y reflectantes. La fibra deja de representar únicamente naturaleza o pobreza: se convierte en componente de una investigación moderna sobre construcción, superficie, tactilidad y función.
Aurèlia Muñoz: nudo, espacio y arquitectura
En Águila Beige, de 1977, Aurèlia Muñoz utilizó macramé con hilos de sisal y yute teñidos a mano. La obra se expande en el espacio mediante grandes paneles suspendidos que evocan alas y transforman el tejido en una presencia arquitectónica. El MoMA considera a Muñoz una figura central en la renovación internacional del arte de fibras y señala que su práctica desdibujó las fronteras entre arte, arquitectura y artesanía.
El abandono del telar le permitió desarrollar volúmenes abiertos. El nudo dejó de ser un procedimiento auxiliar para convertirse en la unidad estructural y conceptual de la obra.
Mrinalini Mukherjee: cuerda, cuerpo y vegetación
La artista india Mrinalini Mukherjee desarrolló durante más de veinticinco años esculturas monumentales mediante fibras anudadas, torcidas y entrelazadas. Utilizó materiales locales empleados cotidianamente en alfombras y objetos domésticos, entre ellos yute, sisal y shan. Sus formas combinan referencias corporales, vegetales, arquitectónicas y religiosas sin abandonar la abstracción.
La importancia de Mukherjee reside también en haber trabajado fuera de las divisiones dominantes entre modernismo occidental, artesanía tradicional y escultura académica. Sus obras colocan la inteligencia de los dedos, el peso de la fibra y la repetición del nudo en el centro del pensamiento artístico.
Su práctica demuestra que el mecate puede modelarse casi como una materia viva. Al tensarse, doblarse y acumularse, la cuerda crea músculos, pieles, cavidades, raíces, órganos, columnas o presencias rituales.
Posibilidades conceptuales del mecate de yute en una obra contemporánea
1. La cuerda como línea tridimensional
El mecate puede entenderse como una línea liberada del papel. Dibuja en el aire, atraviesa el espacio y conecta puntos físicos.
A diferencia de una línea pintada, posee:
- Peso.
- Volumen.
- Resistencia.
- Sombra.
- Flexibilidad.
- Memoria de la torsión.
- Capacidad para sostener o comprimir.
Una obra de mecate puede ser simultáneamente dibujo, escultura, arquitectura e instalación.
2. El nudo como memoria
Cada nudo registra una acción. Conserva la presión de los dedos, la dirección del movimiento y la fuerza aplicada. El nudo puede representar:
- Unión.
- Compromiso.
- Protección.
- Conflicto.
- Herida.
- Obstáculo.
- Memoria.
- Parentesco.
- Dependencia.
- Resistencia.
En náhuatl, algunos derivados de mecatl también se relacionan metafóricamente con linaje, descendencia y parentesco. Esta dimensión lingüística permite pensar la cuerda no solo como objeto, sino como continuidad entre cuerpos y generaciones.
3. Tensión y fragilidad
Una cuerda puede sostener un gran peso, pero está compuesta por fibras individuales vulnerables. Su fuerza depende de que numerosos filamentos se tuerzan y actúen juntos.
Esta condición puede funcionar como metáfora de:
- Comunidad.
- Cooperación.
- Interdependencia.
- Organización social.
- Vulnerabilidad colectiva.
- Unidad dentro de la diversidad.
Sin embargo, esta lectura debe surgir de la obra y de sus relaciones materiales, no de una simbología universal impuesta arbitrariamente.
4. Trabajo visible e invisible
El mecate condensa muchas formas de trabajo: sembrar, cosechar, enriar, lavar, secar, clasificar, hilar, torcer, transportar, vender, cortar y anudar.
Una instalación puede hacer visible esa cadena mediante:
- Repetición de nudos.
- Acumulación de rollos.
- Marcas de desgaste.
- Diferencias de grosor.
- Longitudes relacionadas con jornadas de trabajo.
- Sonidos del roce y la tensión.
- Documentación de procedencia.
- Participación colectiva en el montaje.
La obra puede así cuestionar por qué ciertos trabajos manuales permanecen anónimos mientras el objeto artístico se atribuye exclusivamente a un autor.
5. Colonización y circulación global
El yute permite investigar cómo una materia agrícola se convirtió en mercancía imperial. Un mecate contemporáneo puede unir simbólicamente campos bengalíes, fábricas de Calcuta, molinos de Dundee, puertos comerciales y espacios de consumo en América.
No se trataría de ilustrar el colonialismo, sino de permitir que la propia procedencia material forme parte de la obra.
Registrar el fabricante, país de origen y proceso industrial del mecate puede ser tan importante como documentar sus dimensiones.
6. Materia orgánica y temporalidad
El yute cambia con el tiempo. Absorbe humedad, se ensucia, pierde fibras, modifica su color y puede degradarse. Esta inestabilidad lo diferencia de los materiales escultóricos concebidos como permanentes.
La obra puede aceptar ese envejecimiento como parte de su significado o intentar controlarlo mediante conservación. Ambas decisiones son legítimas, pero deben ser conscientes.
El interés contemporáneo por la transitoriedad material ha cuestionado la idea de que toda obra deba permanecer físicamente inalterable. Las materias perecederas pueden expresar pérdida, transformación, memoria y duración limitada.
Consideraciones técnicas y de conservación
El yute es una fibra hidrófila: absorbe humedad del ambiente y del contacto directo con el agua. Su comportamiento mecánico puede cambiar según el contenido de humedad, los tratamientos recibidos y las condiciones de almacenamiento.
Para una serie artística conviene documentar:
- Procedencia y fabricante del mecate.
- Diámetro.
- Número y dirección de cabos torcidos.
- Color natural o teñido.
- Tratamientos químicos.
- Adhesivos o resinas añadidas.
- Peso total.
- Puntos de suspensión.
- Tensión necesaria.
- Relación con el suelo o la pared.
- Instrucciones de montaje.
- Variaciones aceptables en cada instalación.
- Cambios previstos durante el envejecimiento.
También es recomendable evitar, salvo que formen parte deliberada de la obra:
- Humedad persistente.
- Contacto directo con paredes húmedas.
- Almacenamiento en plástico cerrado si la fibra conserva humedad.
- Exposición solar intensa.
- Contaminación con polvo o grasa.
- Tensiones excesivas mantenidas durante largos períodos.
- Puntos metálicos capaces de oxidarse y manchar la fibra.
Cuando una instalación sea de grandes dimensiones, los elementos estructurales no deberían depender únicamente de la resistencia aparente del mecate. El yute puede debilitarse por humedad, abrasión, microorganismos o fatiga mecánica. Las obras suspendidas requieren evaluación técnica y sistemas de seguridad independientes.
¿Es el yute automáticamente sostenible?
El yute es renovable y biodegradable, pero estas características no convierten automáticamente toda producción de yute en ecológicamente inocua.
El enriado tradicional puede liberar grandes cantidades de materia orgánica en aguas estancadas, reducir su calidad y generar contaminación. Los estudios sobre métodos de enriado por cintas y consorcios microbianos buscan reducir el consumo de agua, el tiempo de procesamiento y la carga contaminante.
Además, una cuerda puede contener:
- Aceites industriales.
- Colorantes.
- Blanqueadores.
- Retardantes de fuego.
- Adhesivos.
- Recubrimientos sintéticos.
- Tratamientos contra hongos.
Por ello, una investigación artística responsable debería evitar afirmar simplemente que la obra es “sostenible porque utiliza yute”. Sería más preciso investigar la trazabilidad del producto, su procesamiento, transporte, duración y destino posterior.
La biodegradabilidad puede ser una ventaja ambiental, pero también un desafío de conservación.
Conclusión: una cuerda hecha de historias
El mecate de yute no es una materia neutral. Es el resultado de una planta cultivada, una tecnología de extracción, un conocimiento agrícola, una cadena de trabajo y una historia de circulación internacional.
Su estudio revela varias genealogías:
La historia botánica de Corchorus, entre África y Asia.
La tradición agrícola y artesanal del subcontinente indio.
La industrialización colonial entre Bengala y Dundee.
La historia milenaria del cordaje indígena americano elaborado con plantas locales.
La supervivencia de la palabra náhuatl mecatl dentro del español.
La transformación de las fibras utilitarias en escultura, instalación y arquitectura dentro del arte moderno y contemporáneo.
En una serie artística, el mecate de yute puede actuar como línea, tejido, piel, raíz, frontera, vínculo, carga o estructura. Pero su mayor potencia aparece cuando el artista no oculta sus contradicciones: es natural y manufacturado, resistente y degradable, humilde y monumental, local en apariencia y profundamente global en su recorrido.
La relación con los pueblos indígenas debe formularse con precisión. Los pueblos americanos poseen una extensa y documentada historia de producción de cordelería, pero principalmente mediante maguey, agave, yuca, palma, algodón y otras fibras regionales. No existe base suficiente para atribuirles un uso ancestral del yute comercial.
La propuesta artística más rigurosa no necesita inventar esa conexión. Puede trabajar justamente con la distancia entre ambas historias: una palabra indígena, una fibra afroasiática y una obra contemporánea que las reúne para reflexionar sobre territorio, migración, memoria, trabajo e interdependencia.
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